“Tú estás tenso, yo tranquilo. Tú aplicas fuerza excesiva; yo la controlo con movimientos fluidos. Relajo mi cuerpo para reaccionar al instante y sin resistencia, incluso sin pensar. ¿Lo ves? Es volverse como el agua clara.” — Spike Spiegel

“Entramos y no entramos en los mismos ríos, somos y no somos.” — Heráclito

¿Cuál es la diferencia entre una pelea y una discusión? En ambos, se puede jugar sucio o limpio. Ambos tienen que ver con cuestiones de ego, o de principios, o una mezcla rara de los dos. Las peleas pueden terminar en lesiones o en la muerte de los combatientes, lo cual sugiere que la gente debería tomarselas más en serio que las discusiones. Por supuesto, no es así. Una discusión acalorada puede dar la impresión de ser una cosa de vida o muerte. Es por eso que las discusiones tan a menudo se vuelven sucias, y se desbordan. A diferencia de una pelea, que suele tener un comienzo y un fin bien definidos, una discusión siempre deja preguntas sin resolver. Entonces para triunfar de verdad en una discusión no bastará con permanecer de pie más tiempo que tu oponente.

La única manera de derrotar inequívocamente a un argumento es dejar que sus propias tendencias internas lo derroten. Una refutación completa tiene que demostrar que, en última instancia, todos y cada uno de los golpes del atacante terminan por jugar en su contra. Cuando una idea se topa con sus propios límites y cae en su propia trampa, es un golpe del que no puede recuperarse, una derrota que le queda estampada en la cara para siempre. El desenmascaramiento público de sus deficiencias garantiza que no podrá reponerse de la derrota para volver a desempeñar su papel anterior — los defectos que causaron su caída original solo la llevarán a la ruina una y otra vez, confirmando el juicio original.

A esta técnica se le conoce como la crítica inmanente. Yo sostengo que la crítica inmanente y el método dialéctico son la misma cosa. Ambos se basan en dejar [lassen] que el objeto en cuestión testifique a su favor justo lo suficiente para incriminarse a sí mismo y convertirse en su opuesto. El aplomo con el que la dialéctica se enfrenta a cualquier adversario se deriva de su fe en “la ironía universal del mundo”, la certeza de que ningún ataque coincide del todo consigo mismo. La práctica dialéctica, en general, consiste en responder a lo duro con lo suave, librarse de presuposiciones, ser como el agua clara, y dejar que la realidad (la fuerza de un ataque) efectue su propia destrucción.

¿Cuáles son las alternativas a un abordaje dialéctico? Una sería no tomar en cuenta al oponente en lo absoluto. Una persona puede presentar lo que dice como la última palabra, simplemente ignorando los contraargumentos. Los “Nuevos Ateos,” por ejemplo, son famosos por ignorar al canon teológico y preferir el combate contra muñecos de práctica. Otra táctica más masculina sería encarar al enemigo de frente e intercambiar puños hasta que uno de los dos cayera. La eterna lucha entre la propaganda y la contrapropaganda suele tener este aspecto. Pero enfrentar el problema así plantea preguntas incómodas: ¿en qué se diferencian tus ataques de los suyos? ¿Con qué derecho puedes presumir de superioridad si tu victoria fue un mero accidente, una contingencia que fácilmente podría haber tenido un final distinto? Puede que hayas esquivado algunos golpes, pero ¿realmente demostraste un entendimiento más profundo de tu oponente? ¿Nos mostraste quién era realmente?

El lema hegeliano “todo lo real es racional” denota una especie de respeto por el otro. Dice que ningún relato sobre la realidad puede ser verdadero si no explica el porqué de lo falso, de su oposición. Esto le da a lo falso un giro extraño — al invertir el ataque de un oponente, al integrar su error en una imagen más completa del mundo, sacamos a relucir la racionalidad interna de este y lo elevamos por encima del mero error. Que se vuelva así al mismo tiempo error y no-error, razón y no-razón, es un sello característico del abordaje dialéctico. Los pensadores analíticos, quienes dependen de la identidad (A=A) y la presunción de un medio excluído, valoran la consistencia por encima de todo y por eso no toleran la presencia de contradicciones. Los dialécticos, en cambio, aspiran a la completitud, la cual elaboran separando a sus contrincantes de aquello que los separa de todo lo demás. Esto implica un conjunto de valores intelectuales muy diferentes de los analíticos, incluyendo, notoriamente, una afinidad por la contradicción.

Este ensayo rompe un poco con la tradición marxista al tratar la dialéctica como una práctica/ética/estética en vez de una ontología. En Anti-Dühring, Engels se obstina en defender la realidad de la contradicción. Según él, hay tres leyes de la dialéctica: la unidad y conflicto de opuestos, el pasaje del cambio cuantitativo al cambio cualitativo, y la negación de la negación. Cuando Stalin busca resumir el método dialéctico marxista, organiza su resumen bajo cuatro títulos: la naturaleza [está] conectada y determinada, la naturaleza es un estado de movimiento y cambio continuos, el cambio cuantitativo natural conduce al cambio cualitativo, y las contradicciones [son] inherentes a la naturaleza. Mao avala la primera ley de Engels, la unidad de los opuestos, y declara que el resto son casos subordinados o especiales, llegando incluso a negar la negación de la negación.

Lo curioso es que, desde una perspectiva occidental contemporánea (es decir, una que ha sido marcada de manera indeleble por el positivismo lógico), estas aseveraciones parecen terriblemente… metafísicas. La dialéctica, que supuestamente nos iba a liberar de la prisión de la metafísica, ahora parece estar jugando el papel de su guardia más ávida. ¿Es realmente necesario profesar la realidad de la contradicción para ser un buen marxista? ¿Existe tal vez una grieta entre Marx y Engels por donde uno puede escapar de esta obligación?

El problema con “rescatar” a Marx de la “apropiación errada y vulgar” de Engels es que nos deja con un Marx impecablemente moderno que se destaca por sus buenos modales académicos, que se mantiene en su carril y no sobrepasa ninguna frontera disciplinaria. Esta transformación radical nos priva del impetuoso revolucionario prometeico que fue expulsado de casi todos los países en los que vivió, y declaró en vida no conocer mayor felicidad que “pelear”. También rebaja a todos los miembros de la tradición marxista al rango de imitadores (más o menos hábiles). Aislar al gran pensador Marx de la contaminación metafísica no llega a ser una intervención real en el terreno de la metafísica, donde los reaccionarios seguirán pregonando sus “verdades eternas.” Es por eso que tantos marxistas han visto la necesidad de identificar un correlato ontológico del método dialéctico.

Una ontología dialéctica no es más que una generalización a partir de la experiencia práctica repetida de la crítica inmanente. Quien quiera que se adjudique una posición privilegiada por encima y más allá de dicha crítica debe afirmar que sus ataques no pueden ser redirigidos, que son absolutamente verdaderos por sus propios méritos, singularidades inquebrantables. La primera ley de Engels dice que ninguna mónada auto-idéntica de ese tipo existe. Su segunda ley dice que, contra cualquier apariencia de lo contrario, cualquier tendencia o ser que parezca fijo e inmutable en realidad ya se está traicionándo a sí mismo. Incluso la simple adición de días no es un cambio meramente cuantitativo, aunque sí requiere de una tranquilidad dialéctica (“escuchar y esperar el momento correcto para atacar”) para percibir su aspecto cualitativo. La tercera ley de Engels afirma que la novedad y el desarrollo en general comparten la estructura de la crítica inmanente. Hay una homología entre nuestro mejor procedimiento para llegar a conocer al mundo y su propio proceso de devenir. En efecto, sorprendería si este no fuese el caso, ya que implicaría que el mundo no es necesariamente, sino solo accidentalmente, inteligible.

Los cuatro encabezados del texto de Stalin están diciendo basicamente lo mismo. La “conexión” es otro nombre para la no-trascendencia, la idea de que la enredadera de la dialéctica crece en todas partes, que nada queda más allá de su alcance. Si existiera algo apartado de la naturaleza, algo que contraviniera las múltiples determinaciones superpuestas que gobiernan el mundo que conocemos, entonces constituiría un golpe irresistible, como se suponía en un momento hacía Dios. Si algo permaneciera constante en el tiempo, sería incontrovertible, absoluto, autocontenido y autosuficiente. Stalin tiene la certeza de decir que ninguna cosa así existe, aunque no falta quien se jacte de haber descubierto un ataque invencible, porque en la práctica esto siempre resulta ser pura palabrería. Al igual que Engels, insiste en la existencia de las contradicciones reales en la naturaleza debido a una vida de experiencia práctica aprovechando y siendo revolcado por estas mismas contradicciones. El principio central de la dialéctica es que nada está exento de ser volteado contra sí mismo porque todo, en algún sentido, ya comenzó a voltear.

Me inquieta que hasta ahora no le he prestado atención a la distinción entre idealismo y materialismo. Las metáforas son bastante conocidas: con Hegel, la dialéctica está de cabeza, pero Marx la pone de pie, o le quita la envoltura mística para revelar su núcleo racional, etc. Mucho se ha dicho sobre estas pocas líneas. En vez de meterme con un corpus enorme de literatura, solo señalaré lo obvio: la dialéctica es algo que idealistas y materialistas pueden hacer. Marx ve al mismo tiempo continuidad y discontinuidad entre él mismo y Hegel. Se ocupa de enfatizar ambas sin ambigüedad. Si no estuvieramos ya tan bien versados en ella, tal vez se nos escaparía que la manera en la que Marx conceptualiza su relación con Hegel es precisamente la maniobra dialéctica como yo la defino. La refutación concluyente de la metafísica idealista consiste en usarla contra sí misma, abriendo así una salida hacia el materialismo.

Pero entonces ¿cómo hace uno para garantizar que su aikido dialéctico es bueno (materialista) y no malo (idealista)? Los idealistas dialécticos son como los matemáticos: unos perezosos. Tan pronto como identifican el defecto fatal de su enemigo, la debilidad que hace posible un redireccionamiento de su ataque, lo consideran efectivamente vencido. Esto significa que viven en el más bendecido de todos los mundos posibles. Una materialista dialéctica, en contraste, no considera a su enemigo derrotado hasta verlo derrotado en el hecho histórico. Como Marx lo dice, “El arma de la crítica no puede, por supuesto, reemplazar a la crítica por las armas; la fuerza material debe ser derrocada por fuerza material”. Mao tiene razón en detectar aquí la semilla de una crítica materialista a la negación de la negación, pues ¿no es un autoengaño creer que el capitalismo caerá por su propio peso, según las leyes oscuras de su “esencia interna,” y no porque lo empujamos?

Como siempre, la dialéctica se lleva la última carcajada, ya que las dos cosas resultan ser una misma. La negación de la negación (las tendencias autodestructivas del capitalismo) es la unidad de los opuestos (el capital y su otro, el trabajo) es la determinación por fuerzas externas (la lucha de clases entre proletariado y burguesía). Puede que esta ecuación te parezca muy fácil. Sin embargo, romper cualquiera de sus eslabones tiene graves consecuencias políticas. Si las tendencias autodestructivas del capitalismo no forman una parte integral de la relación entre el capital y el trabajo, entonces podemos tener capital y prescindir de esas tendencias, y el capitalismo resulta rescatable. Si la unidad de opuestos en el capitalismo no es una determinación mutua por fuerzas que en algún sentido son externas la una a la otra, entonces el proletariado no puede ni soñar con volverse una clase en y para sí misma. Si la determinación por fuerzas externas no puede lograr un resultado novedoso y cualitativamente distinto del tipo sugerido por la negación de la negación, entonces no es sino un vasto y terrible matadero sin propósito.

Una revolución no es una pelea ni una discusión: dado que la cantidad se vuelve calidad, el tamaño sí importa. Para triunfar, una revolución debe someter una horda de enemigos, ya sea mediante la disuasión o mediante una derrota directa. Una manera de evitar que los enemigos tomen armas contra nosotros es la cooptación, es decir, invitar a los más dispuestos a que se unan a nuestro campo. Una victoria tajante requiere de un conocimiento íntimo tanto del terreno como del contexto y de la historia de la lucha en cuestión. Ambas tácticas exigen una sensibilidad ante las contradicciones objetivas dentro del campo del enemigo, así como del nuestro. Afortunadamente, una revolución no tiene que responder perfectamente a todos los ataques para triunfar. Pero eso no quiere decir que se libere de la obligación de entender mejor a sus atacantes de lo que ellos se entienden a sí mismos. Un nuevo modo de producción, o un nuevo poder soberano, se establece en la medida en la que organiza e integra actividades humanas que antes carecían de coordinación y unión. Pensar dialécticamente asegura que nuestros ojos permanezcan clavados en este objetivo, y previene que los enemigos que encontremos en el camino nos parezcan invencibles.