Los tankies [1] usualmente no creen que Stalin y Mao “no hicieron nada malo,” aunque muchos en internet sí usan esta frase por su efecto retórico (lo cual es de esperarse en un lugar como el internet). Lo que sí creemos es que Stalin y Mao fueron socialistas dedicados que, a pesar de sus errores, hicieron mucho más por la humanidad que la mayoría de políticos burgueses típicamente presentados como modelos a seguir (¿Washington? ¿Jefferson? ¿JFK? ¿Jimmy Carter?), y que no han sido juzgados con el mismo rasero que se les aplica a esos políticos burgueses. Algunos dirán que esto es “whataboutism” [2], pero decir que “Stalin fue un monstruo” es una afirmación implícitamente comparativa que en realidad significa: “Stalin fue cualitativamente distinto a, y peor que, por ejemplo, Churchill,” y yo creo exactamente lo opuesto. Si algunas personas van a hacer comparaciones veladas, nosotros los tankies tenemos el derecho de responder por medio de comparaciones directas.

Para defender a alguien de un ataque injusto no es necesario deificarlo. Basta notar que está siendo atacado injustamente. Este ha sido sin duda el caso de Stalin y de Mao, quienes han sido demonizados más que cualquier otro jefe de Estado en la historia. Los tankies entendemos cuál es el motivo de esto: la Guerra Fría, en la cual los EEUU gastaron miles de millones de dólares tratando de socavar y destruir al socialismo [3], específicamente los Estados marxistas-leninistas. Muchos miembros de la izquierda occidental piensan que todo este dinero y energía no tuvieron mayor incidencia en la formación de sus opiniones, pero esta actitud es extremadamente ingenua. Todos crecimos en ambientes ideológicos y mediáticos que fueron moldeados profundamente por la Guerra Fría, por lo cual las ideas anticomunistas de la Guerra Fría, que representaban a los soviéticos como monstruos, constituyen un dogma tan omnipresente en Occidente.

La razón por la cual “defendemos a dictadores autoritarios” es porque queremos defender los logros del socialismo que realmente ha existido, y las creencias falsas o exageradas sobre los “dictadores” surgen como un obstáculo. Los que insisten en reducir todas las experiencias del socialismo real a Stalin y Mao no son los tankies, sino los normies [4]. Estos logros incluyen: la elevación de la calidad de vida, el alcance de una igualdad de ingresos nunca vista antes, un gran avance en los derechos de la mujer y la posición de las mujeres en relación con los hombres, la derrota del Nazismo, el alza de la expectativa de vida, el fin del analfabetismo y de la hambruna cíclica, la promoción y ayuda económica y militar a los movimientos de descolonización (e.g. Vietnam, China, Sudáfrica, Burkina Faso, Indonesia), lo cual sirvió como mecanismo de presión para que los Estados occidentales le concedieran derechos civiles y desarrollaran un Estado de bienestar social. Todo esto significó una avance sin precedentes en la dirección de abolir el capitalismo. Estas son las conquistas en las cuales es importante insistir, frente al consenso de la CIA, los trotskistas, y la ultraizquierda, quienes se obstinan en no reconocerlas, diciendo que la Unión Soviética era básicamente un imperio malvado y Stalin un carnicero demente.

Existen dos formas de responder a aquellos que plantean la ecuación “socialismo = Stalin = malo”: negando la primera igualdad o negando la segunda. Los trotskistas eligen la primera opción; han tenido el privilegio de ser apoyados y publicados por las instituciones académicas, fundaciones, think tanks, y demás organismos financiados por la CIA, que han controlado la narrativa del socialismo en Occidente. Pero nunca han logrado hacer una revolución exitosa en ninguna parte. En los últimos años, el socialismo ha vuelto a ganar popularidad… así como el marxismo-leninismo y el apoyo a Stalin y Mao. Entonces no es el caso que el socialismo solo pueda ganar terreno en Occidente negando todo vínculo con el socialismo real y sus líderes.

El problema es que, al distanciar el socialismo de Stalin, también están repudiando todo lo que se logró bajo el nombre del socialismo como “estalinista”. El “socialismo” que resulta de este proceso se define a sí mismo como de base, desde abajo, democrático, no burocrático, no violento, no jerárquico… en otras palabras, perfecto. Entonces, siempre que algún revolucionario real (digamos, por ejemplo, los naxalitas en India) hacen cosas de manera imperfecta, son inmediatamente excomulgados del “socialismo” y tildados de “estalinistas”. Este es claramente un ejemplo de una política de la respetabilidad desbocada. Los tankies creemos que esta falta de solidaridad, junto con las ideas utópicas de que una revolución pueda triunfar sin ningún tipo de conflicto serio o sin disciplina de partido, son problemas más significativos para la izquierda que el “autoritarismo” (vale la pena leer a Engels para ver más sobre este último punto). Creemos que entender los problemas enfrentados por Stalin y Mao nos ayuda a comprender los retos inherentes al socialismo, que cualquier experiencia socialista tendrá que enfrentar tarde o temprano. Esto es mucho más instructivo y útil que simplemente pintar imágenes más y más bonitas del socialismo mientras el mundo empeora cada vez más.

Decir “Claro, fue horrible la última vez, pero la próxima será distinta” no convence a nadie. Los trotskistas y ultraizquierdistas se consuelan a sí mismos pintando hermosos cuadros, cada vez más idílicos, de sociedades socialistas, eligiendo como ejemplos de su “socialismo real” experiencias poco conocidas, usualmente de corta duración. Pero esto solo fortalece la posición de quienes dicen que “el socialismo no funciona” o “el socialismo es una fantasía utópica.” Y acechando en las sombras de la conversación está Stalin, quien, para el occidental promedio, representa la imprudencia de tratar de cambiar el mundo radicalmente. Sin importar cuánto uno insista que su proyecto no es estalinista, el espectro de Stalin continuará afectando cómo la gente juzga el socialismo en cualquiera de sus formas. Los tankies hemos decidido que no hay forma de evitar el problema de lidiar con el legado de Stalin. Ese legado, tal como existe, al menos en Occidente (pues las perspectivas varían alrededor del mundo), es en su mayor parte el resultado de las campañas propagandísticas de la Guerra Fría.

¿No era de esperar que los capitalistas arremetieran contra los socialistas, especialmente contra los más eficaces? ¿No era de esperar que hubiera historias de terror sobre el socialismo real, con el fin de disuadirnos de intentar derrocar a nuestros propios gobiernos capitalistas? Piensa en cómo los medios tratan a antifa. Piensa en las armas de destrucción masiva en Irak, piensa en cuán concentrada esta la posesión de los medios de divulgación, piensa en la regularidad con la cual la CIA se involucra en las producciones de Hollywood, piensa en todos los trucos sucios empleados por Occidente durante la Guerra Fría (comenzando por la invasión de la Unión Soviética por parte de casi todas las potencias occidentales inmediatamente después de la Revolución de Octubre), y luego dime que no mentirían sobre Stalin. Robert Conquest fue miembro del IRD. [5] Gareth Jones trabajó para el Instituto Rockefeller, la Fundación Chrysler, y Standard Oil, y era amigo de Heinz y Hitler. Solzhenitsyn era un escritor de ficción virulentamente antisemita. Todo lo que sabemos del poder de los medios y de la sugestión indica que el consenso anticomunista y antiestalinista podría con facilidad haber sido fabricado independientemente de los hechos. Cuando a esto se le añade el terror que provocaban las revoluciones en Rusia y China en las clases dominantes de occidente, se tienen tanto los medios como el motivo.

En todo caso, lo que es importante señalar es que la revolución socialista no será fácil (como quisieran los trotskistas y ultraizquierdistas) ni imposible (como quisieran los liberales y conservadores), sino difícil. Requerirá dedicación y sacrificio y no triunfará en un día. Para los tankies, los millones de comunistas que lucharon y murieron por el socialismo en el siglo XX no eran malvados, ilusos, ni estaban perdiendo el tiempo; fueron personas con quienes tenemos una gran deuda, y que todavía pueden enseñarnos mucho.

O, dicho de otro modo: el socialismo tiene enemigos poderosos. A estos enemigos no les importa cómo te sientes con respecto a Marx, Makhno, Deleuze, o el comunismo en lo abstracto, les interesan tus opiniones sobre las FARC, los naxalitas, Cuba, Corea del Norte, etc. Les interesa tu posición con respecto a Estados actuales y por venir, y cuán probable es que decidas emularlos. No les preocupa lo molecular ni lo rizomático porque saben que este tipo de cosas pueden ser llamadas al orden sin demasiada dificultad por medio de la violencia. Es el monopolio de esa violencia lo que les urge proteger. Por eso, cuando uno abandona el socialismo real en favor de un socialismo ideal, que nunca tomó armas en contra de nadie, les hace un gran favor.


  1. El término “tankie” es usado de modo peyorativo por anticomunistas y liberales. Es una manera imprecisa de referirse a los defensores de la experiencia socialista real, a anti-imperialistas, y a marxista-leninistas. Hace referencia al uso de tanques por el Ejército Rojo para reprimir las sublevaciones en Hungría (1956) y la entonces Checoslovaquia (1968). 

  2. Viene a ser algo como denunciar la falacia de “apelar a la hipocresía”. 

  3. Segun un estudio de 1998 de Brookings Institution (Atomic Audit: The Costs and Consequences of U.S. Nuclear Weapons Since 1940, de Stephen Schwartz, Brookings Institution Press, pp. 3 e 4), los EEUU gastaron cerca de US$ 5.8 trillones durante la segunda mitad del siglo XX sólo en armas nucleares, cerca de un tercio del gasto militar total (US$ 18,7 trillones) del país durante la Guerra Fría. 

  4. El término “normie” es usado para referirse a personas que generalmente adoptan una vision del mundo en sintonía con el establishment

  5. El Departamento de Investigación de Informaciones (1948-1977) fue una unidad de propaganda anticomunista del Ministerio de Relaciones Exteriores del Reino Unido. Fue esta la institucion con la cual George Orwell, por iniciativa propia, compartio su lista de nombres de individuos que el escritor británico consideraba que no deberian ser contratados por ser simpatizantes del comunismo, homosexuales, judios, o negros (y por ende “anti-blancos”).