Marxismo occidental, el afán por la derrota, y la cultura cristiana

Existe una contradicción fundamental en varios estudios marxistas producidos en el occidente. Cada vez que la gente habla, por ejemplo, del marxismo en Asia — en China, en Corea o Vietnam — o cuando discuten movimientos populares en países africanos como Egipto o Libia, se destaca el rol de la religiosidad en la política, y en la adaptación del marxismo a las circunstancias nacionales. Todo investigador serio, cuando investiga el marxismo chino, por ejemplo, tiene que lidiar necesariamente con la influencia confuciana y la filosofía de Confucio, tanto en la cultura china en general, como en el marxismo chino en sí. Igualmente con la influencia del islamismo en varios países africanos.

Cuando es hora de discutir el marxismo en el occidente, sin embargo, no se considera la influencia del cristianismo en la constitución del universo simbólico, subjetivo, y teórico de ese marxismo. Es como si en Asia, el confucianismo tuviese influencia política, en África el islam tuviese influencia política, pero en Brasil, en los EEUU, en Francia, en Portugal, el cristianismo no jugase un papel formador de subjetividad histórica. Esto es un error por una razón simple y objetiva, bien ilustrada por Antonio Gramsci en varios pasajes de sus Cuadernos de la Cárcel: la Iglesia Católica es la institución más vigente en toda la historia occidental. Ninguna institución ha conseguido permanecer viva por tanto tiempo, y con la capacidad de difundir y circular sus ideas y conceptos vía un cuerpo de intelectuales — padres, obispos, etc. — organizados dentro de una estructura burocrática, como lo ha hecho la Iglesia Católica. Entonces es imposible hablar en serio sobre marxismo, política, subjetividad, cultura, y el campo simbólico occidental sin discutir, en cada formación social, en cada país específico, el rol jugado por el cristianismo.

Es imposible comprender el fenómeno ineptamente descrito como “populismo” (un término que yo no uso), de la relación de las masas con figuras como Lula, Getúlio Vargas, Miguel Arraes, Brizola, Perón, Velasco Ibarra y Hugo Chávez, sin comprender que refleja la configuración básica de la relación entre santos y devotos. Evidentemente es una explicación parcial, unidimensional, pero el elemento simbólico da la pauta a la estructura política de esta relación. Yo vengo pensando en esto hace mucho tiempo, pero no es una idea mía — Domenico Losurdo y Roland Boer, entre otros, abordan el mismo tema — sobre como el afán por la derrota es una característica constitutiva del marxismo occidental, un derivado mal comprendido de la cultura cristiana.

En primer lugar, existe una tendencia muy grande en el marxismo occidental, de acuerdo a Perry Anderson, de caracterizar al marxismo occidental en términos de no haber ejercido poder político. Es un marxismo que se vuelca cada vez más sobre cuestiones filosóficas y estéticas, al mismo tiempo que se aleja de la crítica de la economía política, y de la problemática de la conquista del poder político. Cada vez toma más y más distancia histórica de las experiencias concretas de la transición socialista de la Unión Soviética, de China, de Vietnam, de Cuba, etc. Este marxismo occidental se presenta a sí mismo como superior frente al marxismo oriental pues, entre otras razones, no ha perturbado la teoría marxista, transformándola en una ideología de estado, como lo hizo el marxismo soviético, y ni mucho menos ha sido autoritario, totalitario, o violento. Entonces viene a ser un marxismo que mantiene la pureza de la teoría, a pesar del hecho de que ese marxismo nunca produjo una revolución en la faz de la tierra. Y donde ocurre una revolución socialista victoriosa en el occidente — en Cuba — ese marxismo cubano está mucho más asociado con el marxismo oriental, que con el marxismo occidental producido en Europa del Oeste, los EEUU, Canadá, y gran parte de América del Sur. Ese marxismo se enorgullece de su pureza, y viene a ser el primer elemento característico que deriva del cristianismo.

Recurriendo a Antonio Gramsci de nuevo, él nos muestra que durante la historia del cristianismo, una de las preocupaciones principales de la Iglesia Católica era controlar la lectura y difusión del cristianismo, impidiendo el auge y la propagación de lecturas populares, lecturas autónomas, así protegiendo la pureza de la doctrina histórica. De esta manera la Iglesia Católica puede afirmar que el cristianismo es amor, igualdad, amor al prójimo, compañerismo, la no-violencia, a pesar del hecho de que el cristianismo ha sido un arma fundamental en la legitimización de la esclavitud, de las Cruzadas, del colonialismo; a pesar de la relación entre varios elementos de la Iglesia Católica con el nazi-fascismo y las dictaduras militares-empresariales. La lógica siempre es la misma, un elemento constante a través de toda la historia del cristianismo: esos elementos no corrompen la doctrina. O ellos son falsas expresiones del cristianismo, o simplemente son “hechos”, como papas en un saco, sin ningún valor teórico o político y, en particular, ningún valor teológico. Entonces, el hecho de que la historia rechaza la afirmación de que el cristianismo es amor, compañerismo, y paz, no altera ni perturba la doctrina.

Muchos marxistas se comportan de la misma manera. Ellos están preocupados por la pureza de la doctrina. Toda vez que los hechos históricos nos fuerzan a cuestionar elementos de la doctrina, o muestran complejidad en la operación práctica de elementos de la teoría — pues, como bien dice Losurdo, quien busca la pureza particular en lo universal jamás lo va a encontrar — se rechaza que estos elementos sean realmente parte de la historia, teoría y doctrina marxista. He allí la razón detrás de las doctrinas, por ejemplo, de traición. Todo movimiento que parece departir un poco de esos modelos puros construidos a priori es explicado basándose en traición, o basándose en capitalismo de estado. Entonces nada es socialismo, todo es capitalismo de estado. Nada es una experiencia de transición socialista, todo es capitalismo de estado restaurado. La revolución se entiende solamente como aquel momento glorioso de la toma del poder político. A partir del momento en que se pasa a construir un nuevo orden social — pues una revolución siempre es un proceso político de dos momentos: el momento de la destrucción del viejo orden del capitalismo y de la toma del poder, y el momento de la construcción de un nuevo orden — las contradicciones, los problemas, las fallas, los errores, incluso los crímenes, ocurren; principalmente en el momento de la construcción de un nuevo orden. Entonces, cuando se trata de evaluar esta construcción de un nuevo orden social, que es donde aparentemente la práctica aparece más lejos de la pureza de la teoría, lo particular aparenta estar corrompido frente a lo universal. Se evoca la idea de la traición, la idea de la contra-revolución, la idea del capitalismo de estado, como elemento de preservación de la pureza de la teoría.

Un gran ejemplo de esto fue cuando la Unión Soviética estaba en su proceso de crisis terminal, en los años próximos al su fin. Varios marxistas anunciaron que esto era un gran evento en la historia del marxismo, pues finalmente el marxismo sería liberado de aquel experimento nacido en la revolución de octubre, que distorsionó al marxismo y lo transformo en una mera teoría de estado. Ahora, sin tener que explicar el peso soviético, sin cargar esa bola de hierro, el marxismo podría ser liberado, y expresaría todo su potencial emancipador.

Otro elemento muy común es tratar al sufrimiento y la miseria como elementos de superioridad. Es muy común en la cultura de la izquierda occidental apoyar al martirio y al dolor. Entonces, a todo el mundo hoy le gusta Salvador Allende. ¿Por qué? Salvador Allende es una víctima, es un mártir. Él fue asesinado por un golpe de estado de Pinochet. Cuando Hugo Chávez estaba vivo, varios sectores de izquierda le arrugaban sus narices. Si él hubiese muerto, por ejemplo, en el golpe de estado del 2002, Hugo Chávez también sería adorado por la inmensa mayoría — quizás la totalidad — de la izquierda; como símbolo de sufrimiento y de martirologio. Como en vez él continuó ejerciendo el poder y gobernando, líder de un proceso político que necesariamente tuvo varias contradicciones, fue siendo abandonado cada vez más — y de Maduro no necesito ni hablar. Esos mismos sectores que afirman que apoyan a Allende porque Allende defendía el socialismo democrático no ven, o no quieren ver, que, durante el gobierno de Allende, él prácticamente gobierna exclusivamente vía decreto-ley. La constitución chilena, en aquella época, tenía un dispositivo jurídico que permitía al ejecutivo gobernar con decretos, sin la aprobación del parlamento e inclusive de la corte suprema del país. Entonces Allende pudo hacer leyes sobrepasando a la corte suprema y al parlamento. Como Allende no tenía mayoría en el congreso, y sufría mucho con la oposición burguesa enfrascada, él gobernó básicamente por decreto por todo su mandato. Una situación como esa hoy en día es suficiente para llamar a cualquier gobernante de izquierda autoritario; compararlo con Trump, con Bolsonaro, con Erdogan, etc. Entonces, si Allende estuviese vivo hoy, él también sería atacado. Pero él murió.

Es el mismo caso con Che Guevara y Fidel Castro. El Che Guevara es representado como un soñador rebelde. Él no era así, pero aquella es la imagen construida encima de sí, pues el Che Guevara muere inmolado en las selvas bolivianas, y se convierte en símbolo de sacrificio, de martirio, de dolor, y de derrota. Fidel se quedó en Cuba. Fidel se mantuvo como líder de la revolución y de todas las contradicciones de ese proceso. Fidel es visto como un burócrata, sin carisma, sin apego, por muchos — quizás por la mayoría de la izquierda. El Che Guevara no — el Che Guevara es el eterno símbolo de resistencia, de sueño, de una utopía no realizada, a causa de su muerte.

También es el caso, por ejemplo, de la República Popular de Corea y Palestina. ¿Cuál es la lucha de Corea y de Palestina? Es la misma lucha: una lucha anticolonial por independencia nacional. En el caso de Corea, esta lucha fue llevada a cabo desde una perspectiva socialista. Corea lo consiguió, a pesar de ser un país fracturado por el imperialismo. Logró conseguir una economía más-o-menos fuerte, con un nivel importante de industrialización, un ejército nacional fuertísimo, y capacidades de disuasión nuclear. Entonces, Corea no es un estado indefenso. Se logra defender. Palestina es un pueblo profundamente oprimido, en una situación de miseria extrema, que no tiene economía nacional — pues no tiene ni un estado nacional. No tiene ejército, no tiene fuerza militar, no tiene fuerza económica. Y en esto muchos ven la encarnación total de la metáfora de David contra Goliat. Solo que este David no tiene ninguna posibilidad de vencer a Goliat en una confrontación política militar. Entonces, a todo quien en la izquierda internacional, en la izquierda brasilera, le gusta Palestina. Incluso se expresan efusivamente cuando ven aquellas imágenes — que yo no considero fantásticas — de un niño o un adulto con una piedra enfrentándose a un tanque. Miren, esto es un ejemplo de heroísmo, eso queda claro, pero también es una señal de barbarie. Es un pueblo que no tiene capacidad de defenderse pues está enfrentándose a un estado colonialista armado hasta los dientes. No tiene capacidad igual de resistencia, y esto es romantizado. A la gente le gusta esta situación de opresión, de sufrimiento, de martirio.

Otro caso muy conocido es el de Vietnam. Todos apoyaban a Vietnam cuando era un país atacado, destruido, bombardeado, como lo fue durante más de 30 años. Vietnam vence a Japón en la Segunda Guerra Mundial, después se enfrenta a Francia, y después tiene que enfrentarse a los EEUU. Entonces, desde 1945 a 1975, Vietnam pasa 30 años seguidos sin poder construir una maldita escuela o un hospital, pues eran inmediatamente destruidos por una bomba Francesa o Americana. Cuando el país finalmente consigue vencer todas las potencias coloniales y neo-coloniales y tiene la oportunidad de planificar la construcción de una carretera, una línea de suministro eléctrico, una escuela o una universidad, sin ver una bomba destruir todo al día siguiente, el país es abandonado por la mayoría de la izquierda. Pierde su carisma, pierde su encanto. Es el afán por la derrota, esta cosa de que la derrota es algo grandioso.

Otro ejemplo muy tajante es el del golpe en Bolivia. Slavoj Žižek, el famoso pensador crítico, escribe un texto — Bolivia, anatomía de un golpe — , y allí, ¿cuál es la gran preocupación de Žižek? Es demostrar que Evo Morales fue democrático, que Evo Morales, tras previos intentos de golpe, no reprimió a los golpistas. Esos mismos golpistas, ahora, le dieron un golpe. Entonces el elemento que le propició una derrota al proyecto de la revolución bolivariana en Bolivia es transformado en una prueba de su superioridad ético-moral. ¡Miren que maravilloso es Bolivia! Día tras día, algún militante es asesinado o encarcelado, pero la gente tiene el consuelo moral de no haber sido represiva o autoritaria en contra de la burguesía boliviana.

Un tercer elemento muy común es la idea cristiana de que la salvación no es el producto de nuestras acciones sino, a fin de cuentas, una decisión de Dios. A pesar de que uno se esfuerce en hacer buenas obras, seguir la ley bíblica militar, ser una persona correcta, etc. la salvación es finalmente una decisión de Dios solamente, cuya palabra es certeza sobre líneas torcidas. Esfuerzos subjetivos relacionados al punto central del marxismo, que es la toma del poder político (pues, como bien dice Lenin, “fuera del poder político, el resto es ilusión”), tienden a ser devaluados debido a la influencia de la cultura cristiana, a pesar de que la mayoría de intelectuales marxistas son ateos. Se valoriza una eterna posición de resistencia. Es como si se produciese un sentimiento de orgullo en la resistencia eterna. Entonces, cuando Bernie Sanders pierde recientemente su candidatura a la presidencia de los EEUU, un famoso profesor marxista de Sao Paulo, profesor de la USP, coloca en Facebook, “Luchamos como nunca. Perdimos como siempre. La lucha sigue. Ahora, Alexandria Ocasio-Cortez es el futuro del socialismo en los Estados Unidos.” La vieja lógica marxista de pensar sobre todo conflicto en términos de estrategia, de táctica, de política, de coaliciones, de programas, y de reflexionar sobre nuestros errores para no repetirlos, y de atacar al enemigo desde puntos de vista políticos o incluso militares, salen de escena. Se valoriza en vez un eterno movimiento de resistencia, como si fuese prueba de gracia divina. La lógica que debería ser la esencia de la política — la lógica estratégica de que hacer para conquistar el poder — tiende a ser desvalorizada, y la resistencia se vuelve un fin en sí.

Estos tres elementos aquí desarrollados, juntos, crean una especie de gozo narcisístico de pureza y derrota. El sujeto se enorgullece de no tener relación alguna con todo movimiento histórico concreto de la clase trabajadora, de las revoluciones socialistas, de las revoluciones liberación nacional. Se sienten orgullosos de no tener ningún tipo de vínculo teórico-político con la revolución china, rusa, coreana, vietnamita, argelina, mozambiqueña, o angoleña. Se sienten orgullosos de una supuesta pureza, de que su teoría no ha sido contaminada por la dureza del ejercicio del poder, por las contradicciones de un proceso histórico. Ser puro es lo que provoca este gozo narciso. La pureza hace que se sientan superiores. Hacen que sientan una posición moral y ética privilegiada frente a otros marxistas que, por ejemplo, defienden las experiencias de la revolución china, de la revolución cubana o de la revolución coreana y que, por lo tanto, aceptan “autoritarismo”, y aceptan economías que no llegan a estar basadas en la realización total de la gestión propia del trabajador. Este marxismo no tiene potencia crítica. Puede y ha producido muy buen análisis de la realidad, pero es incapaz de producir un movimiento estratégico revolucionario que apunte a tomar el poder político. Entonces, un proceso de reconstrucción de un marxismo revolucionario en el occidente necesariamente tiene que cuestionar estos elementos simbólicos, introducidos como contrabando del cristianismo. Deben ser identificados y sometidos a una crítica radical, para superarlos.